jueves, 25 de junio de 2015

El huevo de la serpiente de la Política Argentina.



Hechos y palabras.

No debieran buscarse tenebrosas conspiraciones para entender porqué un país como el nuestro padece sus particulares males políticos. Más conducente parece en cambio encontrar y señalar lo que quizás está a la vista, pero se omite con mala conciencia. En la cultura de las comunidades, entendida ésta en un sentido antropológico, se debe considerar el sistema de creencias de sus miembros, pero al hacerlo se debe saber que todo sistema de creencias tiene un desdoblamiento que opera, cuando la brecha es amplia, a modo de gran hipocresía colectiva: En un primer nivel, nos encontramos con lo formal o verbalizado en público y que coincide con el deber ser impuesto por la educación y la moral oficial, luego, en un segundo momento otro nivel, que sólo se manifiesta en privado, donde se expresan entre otras cosas las transgresiones a los valores públicos que se dice respetar.

No es necesario que ambos niveles sean contradictorios en un todo para que el desdoblamiento adquiera significación. Unas pocas diferencias pueden ser suficientes, para a través de ellas intentar determinar la cultura actuada, una tercera dimensión que es la que se debe ser puesta al descubierto e iluminar. Las expresiones privadas, a resguardo de la sanción moral desde lo público, constituyen entonces el puente entre lo confesado y lo actuado.

Por dar apenas un ejemplo entre muchos posibles, un científico social no debería atenerse simplemente a la opinión declarada en las clases medias sobre el delito económico, por caso el enriquecimiento ilícito a través del Estado. Debería de algún modo tratar de determinar lo actuado al respecto. Descubriría no sólo contradicciones, sino posturas muy diferentes según la distancia estructural con otros miembros de la sociedad. El político corrupto merecería distinta persecución moral según su partido político. Pero a su vez, si fuera una persona cercana, su ilícito sería omitido cuando no “comprendido”. Se diría con un guiño que “se movió bien”. Podría también el científico en cuestión descubrir la enunciación de falsas denuncias, para justificar cualquier posterior opinión interesada. La mayor o menor frecuencia de estas discordancias con lo predicado en público, dirá cual es la cultura real y efectiva.

Del mismo modo no es lo mismo lo que se piensa de las variantes étnicas, raciales y fisonómicas (fenotípicas) según lo formal y lo privado. Todos somos argentinos pero en privado puede que se afirme que hay dos tipos de argentinos. Se proclama el trabajo como el medio para el progreso, pero se intenta la cuasi estafa a condición de que el riesgo sea bajo, como es habitual en las quiebras. Esto es evidente también en el tratamiento que se da a las minorías accionarias. Se define como delito el del delincuente habitual, pero se convalida el delito decisivo y de gran magnitud realizado de vez en cuando. Se cuestiona la aceptación de coima, pero sólo si el coimero y coimeado son distantes. Se envía un hijo a la escuela y el club de élite para que, se dice, se forme mejor, pero en realidad es para que se case y se vincule mejor. Se manifiesta una conducta sexual, pero se es “boludo” si se la cumple a rajatabla. Se disfruta la trampa deportiva y un sinnúmero de logros “por izquierda”. De la cultura tributaria huelga hacer comentarios, sólo baste decir que en otros países la evasión es condenada con alta sinceridad mientras que eso no ocurre por nuestras tierras. Pero lo que queremos señalar no es que al actuar de este modo una sociedad o una clase hacen el mal o el bien. Tampoco que estas conductas sean privativas de las clases medias, más allá de que estas representan la mayor frecuencia estadística. Sólo queremos determinar cómo actúan en realidad, en la integralidad de su conducta y su pensamiento, muchos segmentos de nuestra sociedad que para nada son excepcionales. Esto incluye a los denunciadores que en realidad quieren desplazar al denunciado para ocupar su lugar y reiterar sus conductas bajo otra nominación y con la esperanza de tener cobertura mediática. Ocurre, en definitiva, que la transgresión y la corrupción también tienen su génesis que debe ser explicada. La creencia de que el pecado es por entero autogenerado por el culpable, es buena para sancionar y castigar, pero no para entender.

Este desdoblamiento cultural tiene su manifestación en la Política y determina hechos notorios, a veces anecdóticos, a veces trascendentales. Las elecciones son una ocasión para la expresión del interés promedio de la ciudadanía o pueblo, aunque aspiren  a expresar el interés general de la Nación. Cuando se observan resultados considerados anómalos desde alguna perspectiva normativa, se suele recurrir a explicaciones que dejan mucho que desear. Sea que se culpe a los medios de comunicación, a la ignorancia, al clientelismo, al populismo o al imperialismo, el fenómeno a denostar no quedará suficientemente explicado si, al cabo de algún tiempo, las presuntas anomalías del voto perduran.

En todos estos casos existe una notable insinceridad, manifestación de aquel desdoblamiento de la cultura en general, aplicado aquí a la esfera política. El núcleo de ese desdoblamiento reside en que el lenguaje político es intencionadamente ingenuo y simplificador, pero no hablamos aquí sólo del lenguaje de los políticos militantes, muchos de ellos sinceramente ingenuos porque se expresan a través de las ideologías, que son en alguna medida sistemas de creencias demasiado sesgados. Hablamos más bien del lenguaje político crudo y cotidiano de las clases medias que arbitran entre los sectores dominantes y los trabajadores efectivos, o sea las mayorías no del todo silenciosas, a estar de sus actuaciones últimas.

Vamos a analizar en este caso como este desdoblamiento genera una cultura política con múltiples dobleces de la personalidad política de la Nación. Y como influencia en gran medida los  proyectos políticos principales, así como la conducta de los  políticos cuando se subordinan a este clima, renunciando a la Conducción Política como acción transformadora.

Nuestra tesis es que el sistema de creencias privado predominante en Argentina es un serio obstáculo para la constitución de un proyecto nacional efectivo, es decir compartido y actuado, más aun cuando dicho proyecto nacional no tienen ante sí una amplia gama de opciones. Este sistema de creencias encuentra su soporte en la Historia y la Estructura Social dependientes y en las actividades de sobrevivencia de cada estamento social, y no es el resultado de alguna insuficiencia de los intelectos, aunque algunas tonterías repetidas incansablemente como presunto saber así lo hagan creer. Este sistema de creencias es  precisamente la expresión, racional en lo que no evoluciona, de los intereses mayoritarios en una visión de corto plazo. Su contratara son los intereses de largo plazo, con los que la comunidad comulga, pero no todos los domingos en la misa civil, sino sólo en una tenue esperanza que se aviva en momentos excepcionales. Ese sistema de creencias privado se guía y se pronuncia a través de un vector de deformación y desinformación como es el sentido común político, el reino de lo aparente, el mundo de la explicación fácil, ajena al esfuerzo científico. En la particular visión de estos núcleos decisivos, el “sentido común” es el que manda y por tanto en sus relojes todavía transcurre el tiempo absoluto de Newton y las complicaciones del conocimiento científico son innecesarias y molestas. A lo sumo, suscribirán una filosofía política, no una ciencia política. La razón es clara, la filosofía permite, cuando no es rigurosa,  la elección arbitraria, la ciencia posee autocontroles más difíciles de violar.

La superación positiva de estas creencias y conductas no es imposible. La historia es en realidad el muestrario de naciones que dieron el paso hacia la concreción de su conciencia nacional autónoma y lograron por tal razón la universalidad,  junto a aquellas que pugnan todavía dolorosamente por lograrlo. No en todas las geografías existe el malestar de una cultura distorsionada y frustrante. Y, como veremos, la diferencia no reside en un cambio moral interior, aunque éste afortunadamente también se manifieste cuando la construcción colectiva se pone en marcha, pero sólo por añadidura.

Veamos entonces como se constituye el paradigma del Proyecto conservador que frena y estanca, y como este paradigma bloquea la institucionalización efectiva de un Proyecto Nacional desarrollante.

El Sentido Común como Falacia Cultural.

  1. Las mayorías populares.

Resulta usual escuchar en los partidos populares, tanto en aquellos realistas como el Justicialismo, como los que se organizan en sectas marxistas, un relato según el cual el escenario político es una confrontación de mayorías populares y minorías explotadoras.
Hace ya tiempo sin embargo que en los países desarrollados y en este sentido también en algunos semidesarrollados como Argentina, los sectores obreros no son mayoría. Un análisis abstracto de los fundamentos del valor, es decir de quien hace en verdad el esfuerzo de la producción, podría indicar que, objetivamente,  los explotados son el 90 por ciento de los ciudadanos. Pero no se debe ignorar que dentro de los objetivamente explotados hay categorías que a su vez explotan a otros, y que no suelen recocerse como parte de un todo laboral que requiera justicia social. Son los cientos de miles de empleados que se horrorizarían de que su causa fuese defendida sindicalmente. Más bien tienden a encontrar discutibles orígenes de sus malestares relativos, es decir chivos expiatorios. En consecuencia, ante este hecho que se visualiza en cualquier calle del país, se suele pensar por parte de las militancias progresistas, que algo difiere la toma de conciencia de los explotados, por ejemplo los medios de comunicación, los mitos de la historia oficial o la vulgar tontería social. Pero es en realidad otro fenómeno el que posterga indefinidamente la conformación de las mayorías populares.

Más válido que ese análisis algo anticuado es aquel que indica que los explotados podrían ser minoría, si consideramos a los que lo son en forma absoluta, lo que como veremos hace más lacerante la injusticia, no menos, porque permite una perfidia social más insidiosa y oculta.  Esta afirmación sólo debiera sorprender a aquellos que desean persistir en el discurso inercial de la política. Una visión más crítica nos permite ver, con sólo asomarnos a las calles del país, que los trabajadores productivos efectivos son pocos. Los obreros industriales y agrarios por cierto, los trabajadores de servicios que atienden clientes de forma continuada, y muchos otros cuya tarea resulta en verdad indispensable. Pero si al total de trabajadores dependientes y por cuenta propia les restáramos aquellos que hacen tiempo en actividades de espera, los trabajadores y comerciantes redundantes, los especialistas que recogen ingresos por una mera convención social, y los funcionarios estatales que no atienden gente de forma continua, podría provocar asombro el reducido contingente remanente. Por supuesto que estos trabajos redundantes implican, aunque no siempre, entrega del propio tiempo de vida para otro fin y el salario recibido es lógico. Pero la prescindibilidad de su trabajo y ocupación, en términos de valor producido, está indicando que existe algún callado pacto social para darles un ingreso aunque no produzcan, lo que ya nos da otra pista de lo que está ocurriendo. Sumémosle a estas captaciones de ingreso no productivas las rentas, es decir las ganancias superiores a la ordinaria, que recogen numerosas actividades por el supuesto de que su status debe tener un piso fijo, y tendremos conformado una vasta multitud de “gente” que, tal como los antiguos españoles del tiempo de la Colonia, creen en su mayoría que pertenecen a un segmento social sagrado y no contaminado por vecindad o emparentamiento con los  obreros, desocupados y marginales. Se pensarán a sí mismos como detentadores legítimos de sus ingresos, merecedores aun de algo más y todo ello en función de su arrogante talante moral.

Quien se proponga recorrer la miríada de comercios de la Argentina donde la actividad es discontinua y similar a la de los comercios vecinos, dedicados al mismo ramo aquí y acullá en una infinita repetición, tendrán también la oportunidad de dialogar con una interminable multitud de seres humanos que se creen especialistas sin serlo, y que se suponen a sí mismos como diferentes al vulgo o a lo plebeyo.

Determinado este hecho, resultaría imposible seguir sosteniendo con cierto rigor los análisis políticos de izquierda al juzgar por ejemplo, resultados electorales. Ciertos procesos específicos, como los que se dan en países con una mayoría indígena largamante postergada (Ver Alvaro García Linera-La Potencia Plebeya) y temporarias miserias masivas como en algunos lugares de Europa poscrisis financiera de 2008, hacen creer que los explotados “han tomado conciencia”.

En el primer caso puede ser correcto el análisis. Si los explotados efectivamente son mayoría, en un determinado lugar y tiempo, nuestro análisis no aplica a dicho caso. Como es fácil deducir estamos pensando en el caso de Bolivia y en general de los pueblos andinos indígenas de América Latina.

El segundo caso, el de indignados europeos es bien diferente. Su emergencia es el resultado de excesos temporarios del sistema capitalista, donde la dominancia financiera ha provocado crisis evitables que golpean a sectores usualmente protegidos. La creencia aquí de la izquierda de que por fin se proletarizó la sociedad no sería más que una vana esperanza. El esquema de mayorías que “explotan” minorías, como en  Argentina, se puede reconstituir con facilidad. Sólo se requiere la aplicación de un keynesianismo vergonzante y temporario.

Estas mayorías son usadas para constituir  alianzas con las clases realmente dominantes, que permiten a estas constituir desde los medios y las empresas y algunos partidos políticos, hegemonía cultural. Es por eso que las derechas pueden ganar elecciones, a veces aun en medio de una crisis de su propia responsabilidad, y esto aun en forma repetida. Pero además, es por eso que cuando circunstancialmente los partidos de centro izquierda acceden al gobierno, sus programas deben ser muy cuidadosos y renunciar a sus propias banderas. Piénsese el ejemplo del PSOE español, que en medio de una crisis profunda no fue capaz de impulsar siquiera la dación en pago de la vivienda hipotecada, a pesar de la tragedia de un suicidio semanal desde los balcones de la vivienda desahuciada. Véase por caso la cotidiana victoria de partidos de centro derecha en la Europa Oriental, donde los niveles de vida aun están lejos de los europeos occidentales. Incluso allí la coaligación implícita de intereses une a sectores opuestos a una mayor socialización de la riqueza y el ingreso. Ante hechos como estos las izquierdas cometen con frecuencia un error doble. Por un lado, se aglutina un sector contestarlo, que sólo logra convocar a la minoría más afectada. Por otra parte, los más realistas creen que deben relativizar sus contenidos socialdemócratas y keynesianos, para sumar algún voto de centro. Este doble error no hace más que postergar las transformaciones que son necesarias pero que casi nadie sabe mostrar.




Países como Argentina poseen en parte rasgos europeos en cuanto a las hegemonías culturales. Los movimientos políticos que como el Radicalismo y el Justicialismo, elevaron la condición social de numerosos estratos sociales, son víctimas luego de quienes, una vez ascendidos desearían retirar la escalera a los nuevos aspirantes a la clase media. Tan es así que dichos partidos han conocido momentos en que los dirigieron elementos ajenos y reaccionarios, lo mismo que a algunas socialdemocracias europeas. Es decir, una parte de sus afiliados y la “gente bien” les piden alejarse de lo plebeyo, lo que sería correcto quizás como estética, pero no como función social de la política, que es la búsqueda de la cohesión social. Resulta gracioso escuchar a izquierdas y derechas hablar de la desaparición de las clases medias, cuando el espectáculo cotidiano nos muestra día a día la tendencia contraria, salvo en los momentos de orgía del neoliberalismo. Lo racional de esta errónea letanía, es que de ese modo se demandan más beneficios y subsidios para dicha clase media en detrimento de otros sectores sociales.  La clase media, cuando no está involucrada en un proceso de creatividad y producción real, suele pensar que sus insuficientes ingresos se los llevan los políticos populistas y su clientela de clase baja a través de los planes sociales. Aun siendo esto cierto aquí y allá, no son capaces de percibir en general los grandes negociados “legales” que los esquilman a través de maniobras apenas sutiles. Pensemos por ejemplo en el caso de las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones, gestión Menem-Cavallo) que se apropiaban de un 35%  de comisión antes de empezar y para siempre, cuando cualquier fondo de inversión cobra a los sumo un 1% de comisión. Si además consideramos, como es sabido, que el aporte era obligatorio para todos los sueldos y salarios del país, tenemos ante nosotros una estafa de magnitud macroeconómica a la vista, y que sin embargo no se miraba, porque la mirada de las clases medias tenía anteojeras culturales, en parte colocadas por algunos medios de comunicación, pero antes que eso autocolocadas por elección de status, y enfoca mejor al ladrón que no pertenece al establishment. Quienes les escamotean miles de millones de dólares son en alguna medida su modelo de vida.

No veían este escamoteo gigantesco tampoco los políticos de izquierda, que preferían luchar contra la plusvalía tradicional. Por los mismos días, un Intendente de la Ciudad de Buenos Aires era vituperado y escarnecido por alguna adjudicación discutible, convirtiéndolo en un enemigo del Pueblo, o un ministro del Interior era consagrado como un malvado conspirador petroquímico y alguna notorias damas del partido “decente” vaciaba un banco público pero eran puesta como modelo de vida. El oráculo de Bernardo Neustadt, supremo gurú de la Libertad, funcionaba a la perfección, y salvo honradas excepciones, todos concurrían al mismo a pedir bendición.

Nada de lo que aquí describimos debería conducir a señalar un rol históricamente negativo de dichas clases medias. Su existencia es una gran fortuna y fue mérito de las luchas populares más algunas decisiones liberal-socialistas. Lo que sí se quiere poner de relieve es que su conciencia de clase está determinada por la angustia de la huida de su anterior realidad y que esta distorsión, favoreciendo a sectores del privilegio injustificado, posterga el advenimiento de una sociedad más disfrutable para esa misma clase media y para los demás argentinos todos. Claro que esto requiere ser puesto a la vista como posibilidad concreta. El infierno de abajo puede ser alejado huyendo hacia arriba, pero siempre persistirá el riesgo de caer y recaer. Mejor es desactivarlo. Esta segunda variante, la eliminación integral de la pobreza, harto diferente del aplastamiento de los pobres, es la que corresponde a la Civilización.

Las mayorías populares pueden actuar de otro modo. Pueden ser vector de progreso cuando los contenidos de la hegemonía cultural dependiente se ven debilitados. Así fue cuando emergieron las fuerzas políticas integradoras, el Movimiento Obrero, el Radicalismo y el Justicialismo, más allá de que en algunos momentos de su propia actuación dichas fuerzas políticas se extraviaran en su accionar. Así fue también en los años 70 del siglo pasado, antes que los extravíos y la reacción aplastaran a sangre y fuego un tiempo de renacimiento. En estos momentos fundacionales, las clases sociales pueden actuar en común y con solidaridad. El racismo se debilita y el sentido común idiota es tratado como tal. Pero la reacción queda latente y cualquier error, mientras el subdesarrollo siga presente, se paga con la contrarrevolución o la regresión. El significado último de los golpes cívico militares de 1955, 1966 y 1976 reside en las acciones para lograr, en la medida de lo posible, la restauración de la hegemonía cultural señorial y rentística y la supresión de una hegemonía cultural donde las clases medias se sumen a los intereses populares. Nunca lo logran del todo, como lo demuestra la vigencia política del Justicialismo y la continuidad de las luchas populares, pero sí logran postergar un desarrollo cohesionado de la sociedad hacia una evolución sostenida.

Un paso importante para que las mayorías populares puedan establecerse como tales genuinamente, sería dado si algún día las experiencias políticas y socioeconómicas escandinavas y del norte de Europa, fueran tomadas como bandera de lucha por los dirigentes políticos que se proponen mejorar la vida de la gente. Si analizaran muy en concreto la historia del movimiento obrero de esos países descubrirían que en la base del Estado de Bienestar, está la lucha obrera y política y no la concesión patronal.

El momento sociopolítico al que asistimos, tanto en el mundo como en nuestra región, en el que las crisis sociales desatadas por el Neoliberalismo y su intención concretada de desmantelar en todo o en parte el Estado de Bienestar son el signo de los tiempos, constituye una gran oportunidad para refundar la política. Es, sin embargo, una oportunidad que se puede perder. La Historia tiene cierto grado de determinación, pero ésta actúa en plazos más largos. En lo inmediato, prima la capacidad política creadora, si se hace presente, o la frustración, si se repiten fórmulas. Quienes intenten regenerar la polis deberán abandonar cualquier apoyo en la idea de proletarización masiva y creciente. Aun el más miserable ciudadano de clase media baja, sueña con el príncipe azul que lo rescate desde el mundo de los triunfadores. Es la hegemonía cultural de Hollywood. El Justicialismo supo crear un proyecto nacional que unía a las clases medias y los humildes y por tanto realizar una construcción evolutiva y revolucionaria. Se trata de reactivar la convocatoria eficaz de coaliciones nacional populares, con eje en la tecnificación y la equidad, con la debida actualización del perfil productivo deseable a la vez que accesible. En un ambiente de ingeniería difundida, el rebusque es menos necesario y la corrupción no da prestigio.

  1. El Subdesarrollo.

El sentido común de la cultura privada de clases medias quiere suponer que el subdesarrollo es resultado de causas de fácil comprensión. Sólo se explicaría, suponen,  por una persistente ineptitud de los políticos, o por los frenos que el Populismo le ha puesto al mercado, o por falta de apertura hacia los Estados Unidos, o por los sindicatos que provocan inflación, o por los trabajadores que no quieren trabajar o cualquier otra causa simple que los mantendrá en perpetua y justificada indignación. Los lugares comunes son el idioma de este  Sentido Común y en este caso se manifiestan con el contradictorio razonamiento según el cual “yo no entiendo nada de economía pero lo que hay que hacer es………” seguido de una fácil solución y del asentimiento de los contertulios. Esta ignorancia, grave por ser voluntaria y consciente, puede ser percibida con nitidez si nos imagináramos por un momento la misma estructura lógica pero aplicada a los problemas de la oncología o de la física.

En realidad el Desarrollo requiere al principio nadar contra la corriente, a la inversa de lo que cree el Neoliberalismo. Todo centro tecnificado tiende a inhibir el desarrollo de su periferia, aunque esto no sea voluntario como en el caso del Colonialismo. Se trata de un hecho simple, el centro tecnificado es más eficiente y busca baratura en la Periferia y colocar sus productos con mano de obra cara en forma monopólica o al menos dominante. Esos mismos centros capitalistas, invitados con autonomía a participar de la elevación del mundo subdesarrollado, concurren a través de sus sectores necesitados de mercado. Cualquiera que elogie a China por haber elegido el Capitalismo, debería ser más cuidadoso en su terminología. Es cierto que hace rato ese gran país abandono el comunismo en lo económico, pero también es cierto que su éxito se debe a la más colosal construcción de economía mixta dirigida por el Estado.


Reconocer lo anterior y actuar en consecuencia no implica permitir economías malamente autárquicas sino todo lo contrario. Pero la vinculación con el Mundo debe tender a avanzar en la tecnificación de la matriz productiva propia, o local si se prefiere, utilizando para eso los intercambios, en forma dirigida. Todo proceso de paso al Desarrollo se dio en economías protegidas pero a la vez agresivamente exportadoras de productos industriales y servicios. En dichos casos la Inversión Extranjera Directa fue direccionada a la sustitución de importaciones y la promoción de exportaciones, es decir a superar la denominada Restricción Externa. Es decir, al capital externo se le exigió residencia permanente y flujo positivo de divisas. La especialización en productos de la tierra (agrícola-ganaderos o extractivos) es válida pero no entendida como excluyente de la industria y los servicios. En realidad los países deben especializarse en variadas producciones, para evitar cualquier vulnerabilidad cuando las circunstancias cambian o cuando los ingresos por una determinada exportación no son suficientes. Los propios sectores extractivos deben ser industrializados, sea en sus procesos, sea en su valor agregado, si es posible por los requerimientos del mercado local y mundial. Los países desarrollados no producen en todas las ramas de producción, pero retienen la capacidad de producir en cualquiera de ellas cuando lo necesiten, en forma tecnificada y moderna. Pero además de cualquier virtuosismo técnico, Estado y sociedad deberán constituir empresas globales capaces de actuar en todo el mundo.

Podrá pensarse que esta descripción de los requisitos del Desarrollo es una opinión entre otras. Por cierto lo es, pero no está formulada al pasar. Quienes así piensen no contarán al menos con nuestro asentimiento pacífico. Protestaremos que la especialización tiene su ejemplo supremo en los países bananeros, diciendo también que tienen que producir cuanto banano puedan, siempre que tenga buen precio en el mercado internacional. Debiérase saber también que Corea del Sur era en 1960 un país menos tecnificado que Argentina, incluso en industria electrónica, y su proceso posterior lo hizo con alta inflación y proteccionismo, paternalismo estatal y educación técnica a marcha forzada, casi desde cero. La mano de obra barata inicial explica algo, pero poco. En particular no explica los logros posteriores y la escasa presencia del capital externo en sus grandes empresas. La historia de Samsung, Nokia o Toyota debería enseñarse en nuestras escuelas y mucha tontería repetida con rango de solemnidad cultural desaparecería. Los alumnos descubrirían maravillados lo que muchos ingenuos solemnes no saben, como es que Argentina contaba con emprendimientos equivalentes, que las políticas de apertura unilateral destruyeron. Las zonceras librecambistas del Subdesarrollo son justamente eso, una cualidad del Subdesarrollo. No es este el espacio para describir todos esos procesos. En la obra de Ha Joon Chang esto de explicita y se demuestra científicamente, con el agregado de que, para quienes creen en el Principio de Autoridad, estamos ante la obra de un académico de Cambridge ( Gran Bretaña) cuyos estudios sobre el Desarrollo son hoy por hoy lo mejor que se ha producido al respecto.

Esto explica porque el paso al Desarrollo se presenta como un proceso tan poco frecuente y tan debatido. Como se trata de un proceso de progresiva incorporación y autonomización del progreso técnico aplicado, por cierto nada sencillo, la tentación de la solución fácil es muy grande. Su supone, en nuestras capas medias, que el “aliento al capital y la inversión” generan desarrollo por sí mismos. Si al capital se le da lo que pide, se piensa, invertirá (tecnificará), producirá mucho y los precios bajarán. Si es capital externo, se radicará con velocidad y fruición. Se ignora que si no hay Demanda Efectiva (Keynes, Kalecki), el capital fuga hacia el gasto suntuario no reproductivo o la remisión de utilidades. Y la demanda efectiva requiere salarios altos. Como la opción del “aliento al capital” es más sencilla en su explicación, el sentido común como falacia, aunado al interés de identificarse con los exitosos, encontramos otra de las explicaciones de como la Derecha adquiere parte de su caudal electoral. El Capital, como bien social, por cierto que debe ser alentado e incrementado. El capital significa máquinas mejores y más eficientes, ahorradoras,  y por tanto liberadoras de trabajo, pero por eso mismo el salario debe ser alto y la jornada laboral debe disminuir pari passu, si se desea que el capital cumpla su función social. El trabajo intenso y eficaz es valioso, pero se debe entender que se trabaja para vivir, no se vive para trabajar. No al menos en beneficio de otros y provocando la depresión y la desocupación.

El empresario de países como el nuestro suele mostrar un comportamiento político suicida, salvo en el caso de figuras excepcionales que son toleradas apenas en sus organizaciones. Se aprueba enfáticamente la apertura económica indiscriminada, sus empresas comienzan a tener dificultades y quiebran por lo planes de austericidio, y cuando el ciclo se restablece y un gobierno popular los rescata, le reprochan los subsidios que otorga a “los que no quieren trabajar”, omitiendo los subsidios que ellos mismos han recibido. Obsta decir que el suicidio es de empresas, no de dirigentes. Ante un nuevo y eventual ajuste, siempre queda el remedio de la quiebra fraudulenta. Pero este recurso no es constituyente de un empresariado en evolución.

Si no hay consumo recreativo, lo que supone tiempo libre y un ingreso adecuado para el conjunto de la sociedad, la sobreproducción relativa, es decir en relación al poder adquisitivo, genera una paradoja. Hay producción a la vez que miseria creciente. Para comprender que el Capitalismo puede funcionar en ocasiones de modo excluyente y retrógrado, no hace falta ser marxista y quizás sea mejor no serlo. Sólo se requiere mirar la realidad sin preconceptos. Por el contrario, el capitalismo regulado con eficacia, en economías mixtas y planificación indicativa, es donde se han dado los mejores niveles y calidad de vida. Resta saber si eso debería llamarse Capitalismo.

  1. La Inflación.

Se tiende a creer, en el imaginario del populismo neoliberal, que la inflación es un mal de fácil eliminación. Se trataría de un fenómeno de pura responsabilidad del Gobierno, el que podría decidir si fuera republicano y no populista (en el sentido de defender los intereses de los sectores bajos de la sociedad), disminuir la emisión monetaria, bajar el gasto público y refrenar los salarios (de obreros, no los jerárquicos y de empleados, por supuesto), obteniendo a cambio la tan deseada estabilidad monetaria. Lo curioso de este razonamiento es que es correcto, pero de una corrección quizá no deseable si se piensa con alguna profundidad. Este tipo de remedios funcionan, pero matan a gran parte de los enfermos. La gracia reside en bajar la inflación sin matar gente.

En realidad la inflación es un fenómeno de muy compleja dilucidación en la teoría económica, pero baste señalar aquí que, para los economistas de tradición clásica (es decir no neoclásicos) primero suben los precios y luego, como consecuencia, es necesaria la expansión de medios de pago. Y los precios suben por puja distributiva entre asalariados y empresarios. Reprimir los aumentos de precios no es fácil y es tan discutible como reprimir aumentos de salarios en respuesta. El gran problema es que las políticas antiinflacionarias normalmente consiguen su objetivo a costa de una baja de la producción y el empleo. Es el caso de la ilusión vivida durante la gestión del infame (en el sentido de que ya no tiene buena fama) Domingo Cavallo, y antes del inefable Martínez de Hoz. Tuvieron éxito en su política antiinflacionaria, pero matando a la criatura.

La alta inflación es un fenómeno del desarrollo inconcluso, dado que allí las pujas distributivas son mayores y la competencia interempresaria es débil, y en ocasiones el endeudamiento externo insostenible lleva a la hiperinflación. Los economistas que buscan una mayor equidad distributiva, y que trabajan sobre la base de acuerdos sociales, tampoco lo tienen fácil. Pero lo evidente es que ante un problema complejo no valen las soluciones mágicas.

4. El Populismo.

Es este uno de los sambenitos preferidos del sentido común neoliberal.
Sin embargo, al momento de precisar que significa, se descubre que hay tantas definiciones de populismo como disertantes. Recientemente, en Argentina, algunos políticos justicialistas caracterizaron a la etapa kirchnerista como populista. Puede que en ellos la significación del término alcance una nueva y alta precisión, pero en el lenguaje común el término es usado para denostar al Justicialismo en todas sus formas, incluidas aquellas que dichos políticos pregonan. Justicialismo por otra parte, que no arruinó el país como quieren creer algunos, ni dio solución a todos sus problemas como quieren creer sus panegiristas acríticos, pero que en todo caso le mostró a la Nación un Proyecto Nacional y Popular claro, aunque sus dirigentes no hayan estado siempre a la altura de la convocatoria que movilizaban.

Los procesos populares han sido atacados haciéndoseles aparecer como culpables de derroches prematuros que evitaron las inversiones necesarias para llegar a un status “europeo” de bienestar. Esa es la significación implícita reconocida, fuera de algunos trabajos científicos que analizan el tema en clave sociológica e histórica. No hablamos aquí, por la naturaleza de nuestro trabajo, de investigaciones serias como las de Ernesto Laclau o en su tiempo la de Vera Zasulich en la Rusia zarista. Nos ocupa el uso del término como acusación a los movimientos populares en general.

Tal uso es injustificado las más de las veces, pero además hay que aclarar que populismo es un término polisémico. Si por populismo se quiere significar demagogia, mentira, ilusionismo, soluciones mágicas, enemigos ficticios, discurso ambiguo y tantos otros males de la práctica política, el término se disuelve porque tales prácticas se han usado en movimientos populares con tanta frecuencia como en movimientos antipopulares. Izquierdas, derechas y centros han sido en ocasiones ineptos y delirantes y en ocasiones serios y eficientes. Pero lo más dañino reside en que al centrar la acción de descalificación política en la raíz populus, se pretende hacer pensar que si hay vicios de la práctica política estos surgen de haber querido favorecer a los sectores más humildes, al Pueblo. De algún modo éste no sería capaz de comprender determinados sacrificios, que casualmente coinciden con los requerimientos de transferencias hacia ciertas fracciones del capital financiero.

Así serían populistas los tribunos romanos de la Plebe, cuando en realidad muchos de ellos fueron notables estadistas. Serían populistas el partido Demócrata de Estados Unidos y la socialdemocracia escandinava. Y el Partido Popular de España sería no populista y sería en cambio serio, pese a su nombre. Los déficits fiscales de los gobiernos republicanos recientes y las emisiones masivas de dinero, demuestran que tampoco la austeridad fiscal es primacía de las formaciones de derecha y centro derecha. Tampoco la corrupción es necesariamente mayor en los partidos orientados a los sectores populares, como demuestra la situación reciente en España o la propia crisis financiera mundial del 2008 que aun se prolonga.

Si el señalamiento del Populismo hace referencia al surgimiento de mandatarios sin experiencia en la cosa pública y sin el nivel formativo suficiente para afrontarla, debiérase decir con toda coherencia que dichos elegidos se presentan con igual o mayor frecuencia en las fuerzas de derecha que se supone garantía de buen saber. Ronald Reagan, Silvio Berlusconi, George W. Bush, en el mundo desarrollado o Carlos Menem, Miguel Del Sel, Ramón Palito Ortega, Abdalá Bucaram, por nuestros lares, son sólo algunos ejemplos entre muchos que no son excepción.

Si lo que se desea destacar es que algunos gobernantes engañan con explicaciones simplistas y soluciones fáciles, es aceptable que exista un término para esa situación, quizás Facilismo,  pero tal término no es populismo, porque en rigor si éste último algo significa, es favorecimiento del Pueblo, un sinónimo de Ciudadanía y Comunidad, salvo que tengamos muy distintos diccionarios. Nuevamente, si de Facilismo hablamos, vale recordar la tablita de Martinez de Hoz o el Uno a Uno de Cavallo, para comprender que los falsos atajos no son patrimonio de gobiernos populares. Si bien se lo piensa, el facilismo más conspicuo es aquel que supone que el mercado resolverá todo como un maravilloso autómata. Esta errónea creencia se consolida en ciertos políticos por la sencilla razón de que la construcción planificada está llena de asechanzas. Además porque son ignorantes sobre los procesos que llevaron al desarrollo integrado donde éste existe.

El mal uso de tan difuso concepto como es el Populismo, se propaga gracias a que resulta grato a ciertos oídos que suponen que las soluciones económicas surgen de la espera distributiva de los trabajadores, porque de ese modo se puede formar el ahorro que financie la inversión. Esto es sencillamente una falacia de composición, que supone que la suma de todos los hogares es covariante con la ecuación de cada hogar. En realidad un elevado nivel de ahorro puede significar un bajo nivel de inversión y por ende de producto, si los empresarios perciben que no habrá demanda suficiente. Además, la distribución ahorro/consumo no es igual a la distribución salarios/beneficios. Los asalariados pueden, si es necesario, ahorrar, a través de la participación diferida en los beneficios empresariales. Quien quiera decir que no es posible, queda a cargo de la prueba.


Las Raíces del Odio y la necesidad de su desestructuración.

Una sociedad que pretenda sencillamente ser cohesionada, debe lograr un contrato social implícito en el cual no haya marginados y postergados aunque estos sean minoría. Menos aun se debiera llegar a un consenso enfermizo en el cual se suponga que los mismos y sus agitadores o movilizadores son los enemigos de la Sociedad, como parece ocurrir en México.

Es un hecho no menor que las izquierdas políticas, que tienden a representar a estos sectores, no encuentran en el presente un programa que sea convocante, deseable, y asumible por amplios sectores. Como se dijera antes, su acceso al gobierno parece más bien el resultado de los excesos de las derechas. Algo es anómalo si las soluciones que aspiran a favorecer a amplias mayorías son objeto de recelo e incluso temor. Un factor importante para que esto sea así lo constituye la tradicional enemistad de las izquierdas con la propiedad y el mercado, cuando en rigor debieran militar por el reparto de la propiedad y la transparencia de los mercados. Si la propuesta de las izquierdas es la relación salarial con el Estado como forma dominante, tienen razón las sociedades en ser recelosas. Muchas veces el destino de la Reforma Agraria fue para la izquierda una transición hacia la granja estatal, y la Reforma Urbana un transito hacia la confiscación del propietario sin crear nuevos propietarios.

Pero los movimientos populares que no incurren en este tipo de errores, son también objeto de ataque. Hemos escuchado en las últimas décadas la admonición de que el Estado del Bienestar está en crisis, que no es sostenible y que quien insista en él es un atrasado intelectual. Por fortuna, los países que lo aplicaron radicalmente no lo han desmontado y precisamente por eso por la crisis del 2008 y su revival actual los afectan en menor medida. Nadie debiera pensar que una evolución hacia economías de propiedad personal moderna difundida, participada y garantizada,  será objeto de menos conspiraciones que un gobierno de secta izquierdista. Bien podría ser que los ataques sean mayores, cuando se comprendan los reales alcances de la misma. Pero la reacción encontrará una ciudadanía consciente defendiendo sus derechos y será más difícil torear a las clases medias con el trapo rojo o invitarlas a la tentación neofascista.

Los movimientos populares deben trabajar con el corazón y la mente en forma sostenida para que los sectores que ya han alcanzado los niveles medios de la sociedad, se articulen a coaliciones amplias que disuelvan las tendencias excluyentes y retardatarias del Capitalismo cuando pretende ser autorregulado, es decir anárquico.

La condición de factibilidad de una nueva política pasa por una programática que difunda el avance técnico en las actividades humanas. Esto es mucho más que industrialización, aunque la incluye. Como decíamos en otro lugar, se trata de tecnificar para lograr el Desarrollo. Pero la tecnificación vale si es incorporada a la propia cultura, es decir si es dominada. Se sabe que cuando esto ocurre, el propio ser humano evoluciona y con ello su moral. Pero difundir significa disolver progresivamente la división entre el trabajo manual y el intelectual, a través de la rotación de tareas, y la división jerárquica del trabajo. Nada de esto es una utopía, por el contrario, es la base de la nueva organización del trabajo, la que ha dado en llamarse toyotismo, por la empresa automotriz Toyota que la implantó en un primer momento. Por otra parte, la propia tecnificación exige un productor más integral, en contra de la creencia errónea de Adam Smith, según la cual la división no consciente del proceso de trabajo era la causa del progreso. El gran escocés tenía en este sentido una confusión que el gran Chaplin supo caricaturizar magistralmente.

En el caso de la Argentina, todas estas falacias juegan su rol distorsionador, como es lógico. Además, su particular estructura social y su historia inconclusa, agregan equívocos específicos. Pervive en nuestro país una importante cuota de racismo sólo confesado en privado. No se dirige hacia una raza bien definida, dado que nuestros “negros” son en realidad blancos, aunque resultado del mestizaje con los pueblos originarios. Los emigrantes europeos dieron origen a segmentos sociales que tuvieron alta propensión a la alianza matrimonial con otras etnias igualmente europeas, con una frecuencia mayor que con el nativo mestizo, éste a su vez relegado a las clases más bajas. Esta selectividad en las estrategias de alianza es verbalizada como búsqueda de la belleza, pero es más la búsqueda del fenotipo europeo. Esta circunstancia condiciona a su vez la mirada hacia la integración latinoamericana. Significativos segmentos de las clases medias suponen calladamente que el Desarrollo es un atributo de la calidad racial. Con menos racismo que en otras sociedades, lamentan sin embargo la falta de una emigración centro o noreuropea, que se imagina solucionaría todos los problemas, a la vez que se olvida que nuestra emigración fue sureuropea. Esta es la cruda realidad que el discurso público trata de ocultar. Tampoco aquí hay que adoptar una visión ingenua. Si se interpela a este cuasi racismo, callará pero no se convencerá. Es fruto de la ignorancia de que no hay razas evolucionadas, sino pueblos y sociedades evolucionadas, y aun así sólo en un determinado tiempo y espacio. Los alemanes eran los despreciados del imperio romano, los españoles bárbaros frente a los andalusíes y los coreanos hasta poco tiempo atrás nos parecían inferiores. Hoy por cierto no lo son.

La integración económica y política en que pensaron Bolívar, San Martín, y tantos otros próceres no es un hecho tan claro para todos. Muchos sueñan con una integración con Estados Unidos y Europa, ignorando la realidad geográfica e ignorando también que la integración deseada por estos sectores puede ser asimétrica e inconducente como lo muestra el caso de México. En el deseo de huir del subdesarrollo, puede introducirse sibilinamente el deseo de ser anexionado y abrazado por el centro poderoso. La cercanía creciente de lo latinoamericano puede ser sentida como ominosa. También aquí se verifica que el camino al Desarrollo es cuesta arriba. Imaginar a los integrantes de nuestros pueblos más altivos, más creativos y autónomos es algo difícil en lo inmediato cuando todos los estereotipos se organizan para evitar dicha mirada.

La huida del fantasma de la pobreza hace que muchos razonen como cierto personal de servicio ante la nobleza. Desean y les gusta que les mientan, para al menos tener alguna relación con ésta, aunque la relación sea imaginaria o indecorosa. Pero se ignora que la nobleza ya no existe o es grotesca y que su lugar lo ocupa una farándula petulante. Esa es la explicación de cierto Odio que hay que atemperar con paciencia y a como dé lugar. Habrá que aceptar que, en  las etapas iniciales del paso del Subdesarrollo al Desarrollo, esta falsa conciencia opera como lastre. Su disolución se facilita con la concreción de avances visibles, en especial aquellos que desmienten con toda evidencia las falacias de la cultura reaccionaria. De poco valen en esto, aunque sean elocuentes, los discursos.


Bibliografía Recomendada:

  1. Ver Chang H.J. -El fin del Buen Samaritano-Ed. UNQuilmes.
  2. Álvaro García Linera. La Potencia Plebeya. CLACSO Ediciones.




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