martes, 22 de julio de 2014

Capitalismo, Socialismo y Poscapitalismo, El Gran Malentendido - capitulo 7



7. Teoría Económica y Sistemas
Ideológicos.


“Ya he averiguado lo que es la Economía;
es la ciencia de confundir los flujos con los stocks”
Michal Kalecki





7.1 La Gran Falacia. La Teoría Económica dominante.

Cotidianamente, los medios de comunicación nos colocan frente a
afirmaciones, debates, réplicas, sobre cuestiones económicas. La
competencia política es en gran parte lucha de ideas sobre como solucionar
los problemas económicos. Izquierda y Derecha parecen confrontar sobre
muchas cuestiones, pero una y otra vez recaen en temas de empleo,
desigualdad, poder adquisitivo, bienestar, financiación de la seguridad
social, inflación, crecimiento o recesión. Más aún, en el tiempo presente es
muy frecuente que el destino de una elección nacional, presidencial o
parlamentaria, esté decidido en función de si hay prosperidad o recesión.
La primera confirma al gobernante de turno a pesar de sus pecados, la
segunda lo condena a pesar de sus virtudes. Las políticas económicas a su
vez, discurren por un estrecho sendero que, a diferencia de décadas atrás,
hacen imposible percibir las diferencias programáticas. En el pasado no tan
lejano, las diferencias programáticas expresaban en forma directa los
intereses de las clases sociales, o de los bloques de clases. Las semejanzas
programáticas se remitían a aquello que era apreciado como de todos, tal
como la Defensa o el Urbanismo. En la actualidad, el ciudadano no puede
identificar de modo transparente que propuesta económica favorece a su
sector o interés colectivo.



En resumen, se habla mucho de economía, pero no se entiende de qué
se habla. La Economía es omnipresente pero a la vez inasible. Muchas son
las razones para que esto sea así en los últimos tiempos, en los que las reformas
estructurales identificadas fácilmente con programas políticos de
izquierda, centro o derecha, han desaparecido del imaginario popular, para
dejar su lugar a unas políticas insípidas que se presumen neutrales.
Pareciera por momentos que se han encontrado políticas económicas eficientes
más allá de las ideologías. Parece, pero no lo es.
En primer lugar, las reformas estructurales relativas a la oposición de
intereses entre asalariados y capitalistas, parecen en suspenso. Los incrementos
salariales legales o convencionales se ven limitados por la capacidad
empresaria de trasladarlos a precios más allá de un cierto valor, o bien de
trasladar actividades productivas a países con salarios bajos. No implica
esto que los sindicatos no tengan ya capacidad de negociación, sino que la
misma encuentra un techo y un límite temático.
Por otra parte, las políticas o acciones de redistribución del capital productivo
parecieran históricamente suspendidas. Reformas agrarias, nacionalizaciones,
expropiaciones, estatizaciones, no cuentan hoy con el favor
que sí tuvieron luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando fueron llevadas
adelante por todo tipo de gobiernos, y generaron un notable desarrollo
económico y una mejora del bienestar general en los países desarrollados.
Si se trata de producciones que constituyen monopolios naturales se supone
que bastaría con el poder regulador del Estado, es decir evitando su presencia
como productor. El tema es que su rol regulador también se ha desdibujado.
La inoperancia o la corrupción que suelen acompañar al Estado productor,
invaden la acción regulatoria.
También incide en esta confusión el hecho de que ciertos objetivos parecen
universales y las diferencias de políticas económicas que se proponen
para concretarlos, no resultan evidentes para el discurso periodístico.
Todos parecen coincidir en que se debe mejorar la producción, el salario, la
estabilidad de precios, la ocupación. Las diferencias se dan en el contexto
del análisis económico y de su proyección vulgarizada, la ideología económica.
Es entonces que la comunicación mediática, incapaz de dar cuenta de
lo que se está debatiendo en esencia, recurre a la transmisión de sistemas de
creencias.
Llegados a este punto debemos alertar sobre dos rasgos de carencia que
la Economía presenta en todas sus escuelas, incluso las que a lo largo de este
trabajo reconoceremos como más aceptables. No existe en el conocimiento
económico actual una Teoría de la Población ni una Teoría del Progreso
Técnico. Esto hace implícito, no por suposición expresa sino por ignorancia,
que los economistas trabajan con la idea de una población y una técnica
que, o bien son constantes, o varían por fuera de las determinaciones de la
economía. No siempre esto fue así. Malthus y Ricardo no ignoraban el tema,
pero luego quedó en el olvido. Para lo que sigue de aquí en adelante, no
debemos olvidar esta carencia. Sólo los estructuralistas latinoamericanos y

Schumpeter se aproximaron al tema pero no en forma satisfactoria.
Por otra parte, y más allá de los diversos manuales de microeconomía y
macroeconomía existentes, el estudiante y el estudioso de Economía se ven
llevados continuamente a volver su mirada a la Historia del Pensamiento
Económico, donde de modo más o menos analítico, más o menos anecdótico,
se traza un esbozo del pensamiento de los economistas paradigmáticos.
Sin embargo, esta necesidad refleja en nuestro caso una carencia. En
Economía, a pesar del uso del lenguaje y el cálculo matemático, está pendiente
la tarea de colocar los aportes de dichos autores en un plexo didáctico
comparativo universalmente aceptado, que permita someterlos a la validación
imparcial. Esta tarea se hace en forma parcial en cualquier texto,
pero no existe un manual estándar de la comunidad profesional. En parte
esto ocurre por el desconocimiento mutuo entre distintos paradigmas, pero
también por la falta de un instrumental adecuado. Hay en la Economía
mucha matemática, pero debe decirse que su uso no tiene la calidad que en
otras ciencias.