miércoles, 2 de julio de 2014

STOP AND GO






Promedia el Año del Señor 2014 y las nubes grises se ciernen otra vez sobre la Economía Política argentina.

No se trata de las nubes negras que se vieron entre el 98 y el 2001 pero es bueno ocuparse de que no lleguen a serlo. Y bueno sería también despejar los cielos futuros para que los vehículos del Desarrollo puedan volar en lugar de carretear.

Quienes quieren asemejar el actual momento a lo acontecido en 1975, lo hacen de mala fe y con el ferviente deseo de que el actual proceso finalice de manera parecida. A Dios gracias, ni un Celestino Rodrigo (léase Ricardo Mansueto Zinn) ni un Domingo Cavallo se hallan presentes en la gestación de los problemas actuales.


Estas actuales dificultades no son hijas de la brutalidad neoliberal, sino de un bien conocido problema estructural en el que, de modo recurrente, recaen las economías que no han podido superar su matriz productiva agroexportadora. Se ha llamado al ciclo que prevalece en estas estructuras semiindustrializadas, ciclo de Stop and Go. (Frenar y recomenzar.)

El fenómeno, en una descripción gruesa, consiste en el hecho de que, luego de unos años de expansión de la economía, ésta comienza a mostrar síntomas de desaceleración e incluso de retroceso. Las importaciones (y su demanda) crecen a un ritmo mayor que las exportaciones (y su oferta) y en algún momento el país se encuentra con que la factura neta del comercio exterior es deficitaria. Si quiere sostener el crecimiento debe endeudarse tomando capital externo, cosa que puede hacer de dos formas: con inversión externa directa (IED) o con préstamos (Deuda Externa), para así financiar por un tiempo el déficit comercial. Claro está, el ahorro externo no es gratuito y tiene intereses o ganancias remitidas al exterior. Esto implica la urgencia de que, sean los préstamos, sean las inversiones extranjeras, generen al cabo de un tiempo un nuevo y mejor equilibrio de exportaciones e importaciones, superando el déficit anterior. Si esto no ocurre sólo se habrá postergado el problema, o bien se habrá agravado, pues ahora necesitamos no sólo pagar la factura de importaciones sino también la de intereses y dividendos del extranjero.

El stop and go ocurre básicamente porque los productos que el país exporta no incrementan su oferta y producción (son inelásticos, dicen los economistas) al mismo ritmo que las importaciones (que son en cambio elásticas ante el crecimiento).

¿Las causas? Entre otras, la expansión de la producción de exportación, depende de la tierra, y por tanto su mejora debe esperar nuevas técnicas, que no cambian todos los años, o un corrimiento de la frontera agropecuaria, lo que exige ocupar tierras menos productivas. En cuanto a las importaciones, en países como los nuestros, son crecientes en razón de que la Industria no es autónoma (1). Requiere dicha industria máquinas e insumos importados que no se saben producir localmente. Para colmo de males, se verifica en las estadísticas que, ante un crecimiento de la demanda de productos industriales, la demanda de sus componentes importados no sólo aumenta, sino que lo hace más que proporcionalmente, es decir se dispara.

En definitiva, lo que está mostrando el stop and go es que la industria, que en general nació protegida para abastecer el mercado interno, es incompleta verticalmente y esto de manera no deseada y planificada, sino como resultado de un defecto constitutivo. Tan es así que, aún en el caso de los últimos años en que los precios agropecuarios fueron favorables, se llegó al stop and go. Es decir, bajos precios o deterioro de los términos del intercambio agravan la restricción externa, pero ésta puede darse sin que esos fenómenos aparezcan en la cadena causal.

El problema se afronta en dos dimensiones temporales, a saber, el corto y el largo plazo, aunque debe enfatizarse siempre que el largo plazo también comienza en el presente, caso contrario es un larguísimo plazo, que no es lo mismo aunque suene parecido.

En el corto plazo, la restricción externa, que así se llama también este fenómeno de escasez relativa de divisas, lleva a la devaluación. Al ser más caro el dólar, disminuyen las importaciones, por las buenas o por las malas. Por las buenas porque hay sustitución genuina de importaciones por producción local. Por las malas porque no se sustituye, y baja el producto bruto interno por falta de insumos importados. Por supuesto, de esta segunda manera, baja también el salario y la ocupación, al menos al principio del ciclo.

La devaluación también busca una mayor producción exportada, sea de productos tradicionales, v.g. granos, sea de productos industriales. Lamentablemente las estadísticas conocidas no parecen demostrar que esta transferencia de ingresos a los sectores agropecuarios aumente la magnitud de su producción. Esta ha aumentado en los últimos años, pero es probable que por mejoras técnicas de origen autónomo y no inducido. La devaluación no compensada, es decir sin retenciones, suele favorecer la fuga de capitales. El capitalista agropecuario, al encontrarse con un mercado interno deprimido y no teniendo vocación industrial, expatría las ganancias que exceden su consumo local.

Con todo, este doloroso mecanismo de disminución de la producción y el empleo, crea en algún momento la posibilidad de una reactivación modesta. Es el momento del “go” cuando a pesar de los bajos salarios (menor demanda)  pero también gracias a ello (menores costos), el encarecimiento del dólar permite encarar una cierta reactivación de la producción industrial interna ante el encarecimiento de las importaciones. El fenómeno es influido por muchas otras variables que lo retardan o aceleran,  pero en definitiva esta es su esencia estructural.

En el largo plazo, la restricción externa desaparecería si algunos sectores industriales, energéticos y aún de servicios, obtuvieran competitividad internacional de modo que la matriz productiva no sea dependiente en forma excesiva de las exportaciones  agropecuarias.

Con esta configuración actual, la Economía Política argentina, y las latinoamericanas, evolucionan con un crecimiento cuya gráfica tiene la forma de filo un serrucho ascendente. En cada crisis de stop and go hay una bajada, con  tiempo y bienestar perdidos. Sin embargo, la economía argentina (per cápita) ha tenido un crecimiento secular notorio pese a los stop and go, hasta 1975. Luego también, aunque esto es historia reciente, desde 2003 hasta la fecha. La equidad de esa mejora es otro tema. Esto quiere decir que la no completitud de la matriz productiva y sus periódicas crisis no inhiben una cierta mejora del bienestar y un progresivo aunque zigzagueante Desarrollo.

Nos detendremos aquí en el tema del crecimiento para refutar un mito de falso sentido común, pero que se hace extensivo en ocasiones a los ámbitos académicos, en la medida que estos permiten también la falta de rigor técnico y su reemplazo por la Ideología. Suele decirse, cada vez que el freno del stop and go se hace presente, que el país dejó de crecer desde que el Populismo rigió sus destinos. Objetivo de esta implicación es el Justicialismo que presuntamente habría desaprovechado la oportunidad de insertar al país en el mundo abriendo su economía. Para hacer esto se compara el crecimiento de las economías de los países desarrollados de Europa Occidental y EE UU, Australia, Canadá y Nueva Zelanda con el crecimiento argentino de los años 45 a 70 del siglo XX. Puesta sobre la mesa esta maniobra estadística, luego se dice que la debacle posterior, no es más que el lamentable resultado de la no resolución de este aislamiento del mundo en que el Populismo nos ha metido.

Un simple gráfico que adjuntamos mostrará como se puede mentir alevosamente dando cátedra universitaria sin que un justo castigo sancione al quizás autoengañado profesor.
La Argentina creció en el período 45-70 menos que los países capitalistas desarrollados centrales , que tuvieron en ese período su llamada Edad de Oro, como ilustra la tan difundida obra de Thomas Piketty, Capital en el Siglo XXI. Pero el país crecía sostenidamente y lo hacía aproximadamente al mismo ritmo que el resto de los países latinoamericanos donde, en muchos casos no había ningún populismo peronista sino más bien lo contrario. La Región en su conjunto crecía tanto como lo permitía su capacidad exportadora y su incompleta estructura industrial, es decir según el stop and go. Digamos de paso que, quienes refieren en el Justicialismo el origen de todos los males, omiten que el mismo no estuvo en el poder desde el 55 al 70 del período analizado. Omiten también, cuando inflaman los odios de la gente bien con su discurso, que el Uruguay que se suponía la Suiza de América en el inicio del período en cuestión, se estancó más que Argentina, sin que ningún populismo peronista lo contaminara.

Es decir, el Justicialismo (original) tuvo una performance similar a la de otros gobiernos del período,  sólo que con una mayor preocupación por lo social y la intención consciente de un desarrollo autónomo. No cerró la economía ni la abrió más que otros gobiernos de Argentina y de la Región. No es el culpable de la decadencia argentina ni el único factótum de su progreso.

Sin embargo decimos nosotros, que en el conjunto del relativamente virtuosos período 45/75, agregando cinco años posteriores a la crisis de los 70 en los países desarrollados, el país pudo, gobernado por peronistas, antiperonistas y no peronistas, sostener ciertas instituciones económicas virtuosas y desarrollistas, que nadie se animaba a cuestionar aunque fuera el caso de una dictadura militar como la que gobernó entre el 66 y el 73. Tanto es esto así que en Brasil se gesta en este período parte del desarrollo que hoy se le reconoce a este país, desarrollo que fue promovido por una dictadura militar cruel pero desarrollista, en el sentido de industrialista planificadora.

El gráfico de la evolución de nuestro Producto Per cápita, muestra sí dos momentos de caída muy fuerte. Estos se verifican en consonancia con las políticas económicas de los señores Martínez de Hoz y Cavallo y sus sendos finales explosivos. Estos procesos no dejaron sólo el lastre de un menor crecimiento como en los stop and go que nos ocupan. Dejaron desindustrialización, multiplicación de un para colmo estéril y en parte ilegal endeudamiento externo, aumento de la pobreza y la precariedad laboral y por ende disolución familiar y violencia social. Si algún antiperonista recalcitrante quisiera buscar el pecado mortal de este movimiento político, lo podría encontrar en el gobierno de Carlos Menem, al que los anticuerpos del Movimiento no se opusieron, o, algo más atrás en el tiempo cuando los herederos de facto María Estela Martínez y José López Rega entregaron el país a las hordas de la ultraderecha económica, en el fatídico año de 1975. Pero la incongruencia del antiperonista sería muy autoinculpadora, pues en esos episodios se hizo lo que el antiperonismo predicaba. Como dijera Alejandro Dolina, llegamos a tener la Unidad Básica Almirante Rojas.

Esto ha sido revertido sólo en parte luego del cambio de rumbo de 2003. Pero los condicionamientos objetivos que tuvo la política económica en los años recientes, así como los errores cometidos, hacen que estemos nuevamente amenazados por la posibilidad de una frenada brusca. Peor aún, este freno puede dejar heridos y pérdidas sociales si es mal gestionado a posteriori. Los Profetas de la “apertura al mundo financiero”, pueden intentar un tercer ciclo neoliberal, resucitando con una nueva cara a los señores Martínez de Hoz y Domingo Cavallo y lo que con ellos nos fue dado como purgatorio.

El tan denostado Justicialismo no sería obstáculo para la remake. No tiene los anticuerpos que su fundador creyó ver, al menos no los anticuerpos hacia el neoliberalismo. Con todo lo valioso que socialmente ha sido el Justicialismo, no están sus dirigentes inmunizados contra el sentido común neoliberal. Siempre hay entre ellos un ignorante que cree que se acumula por derecha y luego él distribuirá por zurda, en un alarde de viveza criolla.

Frente al stop and go, la sociedad argentina reacciona histéricamente. Sus “masas generales” o sea su amplia clase media culpará a los políticos y supondrá que lo que cree perder está en los que estos pudieran haber robado. Ignorante como es de todo lo que supere el nivel científico de un teleteatro, creerá con deseo de participar con su 4x4 lograda gracias al kirchnerismo (perdón, gracias a su esfuerzo personal) en cualquier discurso emanado de la Sociedad Rural y sus acólitos. Luego por cierto tendrá que liquidar la 4x4 pero la culpa será de los políticos.

Los trabajadores productivos por su parte, minoría social que algunos politólogos aún suponen que es mayoría, reaccionará reclamando con justicia el mantenimiento del valor de su salario. Se le contestará, si lo logran temporariamente, con inflación creciente. El gobierno mientras tanto, podrá convalidar la inflación estructural así generada con una política de dinero pasivo o deberá reconocer la necesidad de apagar la inflación con represión monetaria, es decir con el triste método de la desocupación, al no convalidar los nuevos precios y por ende cediendo a la recesión como remedio forzado. La inflación argentina, tan particular, ya es tiempo de saberlo, es resultado de una puja distributiva exacerbada y del fracaso, por ende, de la política de ingresos. Es inflación estructural y no de demanda.

Todavía los trabajadores productivos, pese a la experiencia social que les dio el Justicialismo, no están preparados para luchar políticamente por la distribución del excedente de un modo que no se restrinja al aumento de salario nominal. Esto requeriría un mayor nivel de conciencia y el involucramiento en el proceso de modernización de su rama de actividad.

Afortunadamente, la experiencia histórica del Pueblo Argentino permite ser más optimistas. Cada retroceso social sufrido por los ataques especulativos del Neoliberalismo dejó alguna enseñanza. Menos cada vez serán los que  crean que YPF y Vaca Muerta se pueden entregar por “papeles de la deuda” y así llegar al Paraíso.

Pero se deberá comprender que la superación del desarrollo inconcluso, la superación de la brecha social creada a partir de 1975 y en consecuencia el recomenzar del Desarrollo, son tareas que exigen cerrar progresivamente la Restricción Externa.

La superación de tal restricción externa, que en el lenguaje político pudo llamarse Independencia Económica o Liberación Nacional, no es sinónimo de simple autarquía, pero tampoco es la especialización excluyente en producciones primarias. Las teorías científicas del libre comercio internacional no dictan que los países deban “especializarse” en el sentido de renunciar a determinadas producciones “no naturales”. Sólo dicen que los países deben exportar en primer lugar aquello en los que tienen mayor beneficio e importar en primer lugar aquello en los que tienen imposibilidad de producir o lo hacen con mayores pérdidas de eficiencia. La Teoría de las Ventajas Comparativas, originada en David Ricardo, no le dice a Inglaterra que renuncie a la producción de aquello en que otro país es más eficiente. Sólo indica que la matriz productiva elegirá las producciones internamente más eficientes. Esto es así por una razón obvia pero que escapa a la percepción de algunos pontífices de la economía. La factura de importaciones sólo puede ser, a largo plazo, tan grande como lo permita la factura de exportaciones. Más allá de ese límite hay que producir localmente o no producir ni consumir. Digamos de paso que un país condenado a una producción determinada al que se inhibe de encarar producciones adicionales, es un país colonial. Se supone que tal especialización y la necesidad de su superación fueron el motivo de nuestra Independencia Política, antes que las “esencias” identitarias rioplatenses.

Pero se trata de producir más, o por lo menos hacerlo con productividad creciente, lo que no es otra cosa que la habilidad de lograr la mayor cantidad de bienes y servicios con la menor cantidad de horas de trabajo. No otra cosa es la eficiencia, que no debe ser confundida con la rentabilidad. Y esta habilidad no es otra cosa que lo que los economistas llaman frontera técnica de la producción. Los bienes y servicios se deben producir con la mejor técnica o lo más cerca de la misma que se pueda.

Se puede tomar la decisión de encarar la producción de bienes que, en su mejor técnica, son mano de obra intensivos. Pero no debe esto ser confundido con el uso de técnicas mano de obra intensivas no óptimas, lo que sólo es una sólo un mal negocio para todos. Otra cosa es como hace una sociedad que progresa para ocupar la mano de obra que va quedando libre ante los avances de la tecnología. Nadie debiera confundirse creyendo que el pleno empleo se logra con retraso técnico.

El Paso al Desarrollo en la sociedad moderna es difícil porque se trata de un laberinto con muchas falsas salidas.

No se sale del desarrollo inconcluso sólo con nacionalizaciones, aunque sean válidas en ocasiones. Los árabes nacionalizaron sus industrias petroleras pero está a la vista que no despegaron.

No se sale tampoco con la simple apertura de la economía al capital externo. Esto puede ser deseable, pero se tratará de un capital externo que mejore el balance de divisas del país receptor, no de uno que desplace capitalistas locales para que estos vivan de la venta de sus activos. La inversión externa es tan importante que un país desarrollado debe ser titular de inversiones en el exterior, y las utilidades remitidas se financian con las utilidades repatriadas.

No se sale tampoco con el logro de productos de alta tecnología per se, si esto no se da con procesos de producción eficientes frente al mercado. Rusia sabe hacer casi cualquier producto incluidos los más sofisticados, pero no lo hace aún con eficiencia de proceso.

No se sale de subdesarrollo con empresas débiles. El desarrollo es también la capacidad de imponer productos aunque estos sean tan sencillos como Coca Cola. Esto requiere, para los países atrasados, alianzas estratégicas pero operativas entre ellos. Brasil y Argentina deben integrarse, no como deseo sino como imperativo.

No se sale del subdesarrollo con plataformas exportadoras en base a mano de obra barata. Siempre habrá un Bangla Desh más “eficiente” en este lúgubre concepto de eficiencia.

La variable distintiva del Desarrollo es la Complejidad Económica, lo que implica técnicas avanzadas de producción y comercialización, empresas globales y estándares de producto de excelencia. Sin esto, cualquier política macroeconómica, sea de inspiración  neoliberal o socialista, fracasará. Es claro sin embargo que, en general,  un ambiente de mejor distribución del ingreso y de fomento de la inversión pública es más propicio que uno de austeridad presupuestaria. Pero la buena política económica no es la condición suficiente para salir del stop and go. Es sólo la condición necesaria.

Es ésta una tarea muy compleja. Pero si no se la asume con acciones acumulativas y persistentes, el facilismo neoliberal retornará para hacer su agosto y luego retirarse, pero dejando un saldo de destrucción de activos sociales. Se nos dirá que hay que “volver al mercado”, como si alguna vez nos hubiéramos ido, y abandonar la planificación y la regulación. Y si el gobierno democrático no gestiona bien este desafío, la mentira será creíble, por un tiempo. Un tiempo perdido, una vez más.

No es esto inexorable. La determinación que los fenómenos económicos ejercen sobre la conciencia social existe, llevándola de la euforia al pesimismo, según el momento del ciclo económico. Pero puede ser superada por otro tipo de determinación, la que surja de una construcción modernizadora consciente y colectiva. Esto requiere ejemplos notorios que sean percibidos como referencia.







Comparación del PIB per cápita nominal de Argentina, Brasil, Chile y México, en el último siglo, basado en WorldPopulation, GDP and per cápita GDP (enero de 2010).

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(1)   Se define la industria de un país como autónoma cuando no depende en forma absoluta y general del abastecimiento de partes del exterior y cuando genera exportaciones con las cuales pagar sus importaciones, sin depender del sector agropecuario o del sector servicios.


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