viernes, 27 de junio de 2014

Capitalismo, Socialismo y Poscapitalismo, El Gran Malentendido - capitulo 1

   
        



1.El pasado reciente como
Historia.
“La historia real no puede recuperarse a menos
que entre en una nueva vida con una forma
nueva.”Lewis Mumford
La Ciudad en la Historia

El Mundo ha asistido, hasta un pasado muy reciente, a una confrontación
entre dos potencias imperio, que a la vez fueron sistemas sociales
alternativos, y en la que el riesgo de destrucción atómica alcanzó niveles
cuyo efecto final nadie podría prever en sus justos términos. Se desarrolló
esta confrontación en una forma de conflicto denominado Guerra Fría, lo
que sólo significaba que no había un enfrentamiento directo entre los dos
estados, los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética, ya que
por lo demás ambos acicateaban los conflictos periféricos que pudieran
debilitar al adversario y acumulaban un arsenal de destrucción masiva
capaz de afectar la vida planetaria en su conjunto, la única de que tenemos
certeza en el Universo.



Los contendientes fueron identificados en su momento, tanto por propios
como por ajenos, simpatizantes u oponentes, con el Capitalismo y el
Comunismo. Este último en ocasiones era denominado “Socialismo Real”
en un intento bondadoso de suponer otro socialismo futuro, más benigno
y humanizado, pero en verdad, el término socialismo y el concepto implicado
en él, se correspondían casi en forma plena con la Unión Soviética y
sus países forzosamente aliados de Europa Oriental. Esto se debía al hecho
evidente de que el mayor desarrollo relativo se encontraba en los mismos,
siendo por tanto los candidatos naturales a una comparación emulativa con
el otro sistema. Había por cierto otros países comunistas, como China,
pero recién intentaban salir del subdesarrollo más extremo.
Los emblemas de esta dualidad fueron los Estados Unidos y la Unión
Soviética, pero tal dicotomía fue en su momento resignificada como el 

       



enfrentamiento entre “economía de libre mercado” para el primer caso y
“colectivismo/comunismo” para el segundo. Este último era en realidad un
sistema de propiedad estatal de todos los medios de producción, con excepciones
escasas, por lo que el término colectivismo induce a equívocos, dado
que también remite a la propiedad de un colectivo, como ser la de los grupos
societarios, lo que por cierto no era el caso, con la excepción quizás de
la por entonces Yugoslavia, por lo demás fuera de la órbita militar soviética.
La confrontación fue por demás real y la acumulación de poder
destinado a imponer uno u otro sistema nunca había sido vista en la
historia, aun cuando tuviéramos el cuidado de hacer equivalentes las
escalas imperiales con las de otros tiempos, con menor población y
desarrollo bélico. Sin embargo, con todo lo espectacular y dramático que
dicha pugna mostró, con episodios como la guerras de Vietnam y Corea o
antes la propia guerra civil rusa con intervención de las potencias
occidentales, en algún sentido esta pugna entre dos sistemas no tiene la
importancia que por ejemplo merecen los episodios y la lucha de la
Revolución Francesa. Esto es así, por cuanto las innovaciones que introdujo
la Revolución Rusa no tuvieron la transcendencia de los hechos que se
desencadenaron en Francia después de 1789. Ambas revoluciones fueron
derrotadas, traicionadas y proscriptas en términos de control del poder.
Pero mientras que la Revolución Francesa renació al menos parcialmente
en instituciones que de ahí en más se hicieron universales, no ocurrió eso
con la revolución de Octubre de 1917. Para explicar estos disímiles
resultados, el pensamiento simplista nos dirá que la revolución de Francia
era “burguesa” y que los burgueses se encontraron con las condiciones
objetivas y subjetivas para superar el Feudalismo, traicionando en alguna
medida al resto del Pueblo, los trabajadores. Y en el caso soviético, los
trabajadores habrían superado este límite burgués y habrían creado un
estado socialista, que aunque con deformaciones, buscaba superar el
capitalismo. La disolución de la Unión Soviética será atribuida a distintas
causas, entre ellas algunas tan poco estructurales como la burocracia, la
traición, el dogmatismo o cualquier otro sustantivo que funja como
presunta explicación. El tipo de explicación, es obvio, que sólo explica
alguna faceta del fenómeno pero no la evolución integral de lo ocurrido.
En nuestra visión, que estará presente a lo largo de este trabajo, la razón
de la diferente trascendencia de ambas revoluciones reside en otro factor
mucho más profundo. La Revolución Francesa simboliza y ejecuta una de
las formas históricas de dejar atrás un modo de producción, básicamente el
feudal, y suplantarlo por otro, en definitiva capitalista. Al suprimir los
derechos de la nobleza sobre la propiedad y los impuestos, desorganiza para
siempre un modo de producción antiguo en el que dos clases, el clero y la
nobleza cortesana hereditaria, explotaban al campesinado, al artesanado y
a los mercaderes, sobre bases consuetudinarias que en definitiva consagraban
el parasitismo. Es falsear la historia, pero se lo ha hecho casi siempre, decir    

       



que la Revolución Francesa tuvo por eje desalojar a la Monarquía e instalar
la República. Su fin fue desmembrar el feudalismo y los derechos nobiliarios
y la revolución estuvo hecha en los primeros años aún con el Rey en su
trono. Por eso, caídos en desgracia los líderes revolucionarios franceses y
restaurada incluso la monarquía por un tiempo, las viejas estructuras no
volvieron jamás. Más allá de las formas políticas, la revolución triunfa en
Francia y en todo el mundo en lo más real, el modo de producción. Entrega
la propiedad de medios de producción a quien los pueda comprar o a
quienes los están trabajando, y anula los derechos que sobre ellos tenían la
nobleza y el clero aun no siendo propietarios, en tanto que clases que debían
ser sostenidas por el resto. Al hacerlo, en parte reforma la estructura
agraria y entrega tierras a los arrendatarios, pero por sobre todo libera a los
productores de impuestos privados. Una vez retirados los privilegios, nadie
en su sano juicio estaría dispuesto a militar por su restitución. El viejo
sistema quedaba desnudado como antinatural, cuando hasta ese momento
había sido percibido como religión.
En la Revolución Rusa, todos lo sabemos, el objetivo era dar un salto
más en la historia y suprimir los privilegios encubiertos apenas de aquellos
que por su posición dominante dada por la posesión del capital productivo,
reducían a las masas a la pobreza. Se suprimirían también por supuesto, los
resabios del sistema feudal, y esto habría de perdurar Pero por circunstancias
que analizaremos, y más allá de sus evidentes injusticias, el viejo sistema,
en este caso el capitalismo, no quedó desnudo de racionalidad, es decir
su superación no fue irreversible como si lo había sido la superación del
feudalismo o antes la del esclavismo. Se implantó un nuevo sistema, con
todo el vigor y el terror que la experiencia de tantas derrotas del movimiento
obrero parecía aconsejar y que la reacción zarista merecía. No faltó tiempo
para la consolidación de lo nuevo. Más de setenta años no es poca cosa,
más aun cuando las asechanzas militares de los enemigos de la revolución
habían sido vencidas. Esta vez la revolución no había quedado a mitad de
camino ni había sido truncada por la reacción. Nuestra hipótesis de porque
ocurrió esto, es decir porque el capitalismo no fue llevado al basurero de la
historia, reside en que el sistema que lo reemplazó fue una construcción
enorme, pero antinatural en muchos aspectos. Más enfáticamente, decimos
que no se entendía correctamente qué cosa era la superación racional, huma-
na  y natural del  capitalismo. La reducción lógica inherente a creer que la
estatización generalizada de los bienes de producción era equivalente a
poner  los  bienes  en  común pecaba de ingenua. No sólo porque la futura
Nomenclatura se las habría de arreglar para, en alguna medida, usufructuar
en su favor el sistema, sino también porque dicha forma de organización de
la producción comunista no había existido jamás, por lo que postularla era
crear una ingeniería social, con los riesgos que esto suele acarrear. El comunismo
primitivo, ahora se sabe nunca existió. Sí hubo en el origen múltiples
comunidades familiares igualitarias sin explotación de trabajo ajeno y con
jefatura débil. Si tal comunismo primitivo existió, fue sólo por necesidades


       



objetivas y por un corto lapso, como en el caso de las sectas cristianas clandestinas.
De ahí quizás la fascinación que mostraron ciertos grupos cristianos
con el comunismo y el maoísmo en particular. La naturaleza humana,
de la que intentaremos conocer algunos rasgos en otro capítulo, no parece
ser evolutivamente muy apta para el trabajo por los demás en forma permanente.
Aun en el caso donde dicha realidad existe, como es la familia, los
padres están respondiendo al mandato evolutivo de criar hijos que los trasciendan
pero también que los mantengan en la vejez. Es el intercambio
generacional. Que esto se haga al mismo tiempo con amor, no desmiente
que sea un intercambio. Pero con más razón, en ámbitos más lejanos estructuralmente,
es decir con menos lazos afectivos, el trabajo no es fácil de
intensificar en forma permanente si no responde a un interés propio. Nada
de esto es indicativo de “espíritu burgués”. La burguesía, en todo caso, cuando
es criticable lo es por explotar trabajo ajeno, en mayor o menor medida.
En cambio las diferentes intensidades de esfuerzo laboral según la persona
o familia, responden a realidades que no pueden ser ignoradas si no se
desea ingresar a un mundo de laxitud laboral. Sí puede buscarse que las
diferentes intensificaciones laborales no generen posiciones dominantes, lo
cual es otra cuestión.
Pese a esto el sistema comunista o del “socialismo real” funcionó y tuvo
sus éxitos. La confrontación resultante no fue solamente de sistemas
económicos. Se enfrentaron también, imaginarios, ideologías, culturas,
tradiciones, escuelas filosóficas. El fin de la contienda, con la autodisolución
del sistema político de una de las partes, demostraría entre otras cosas que
si alguna alternativa existe al Capitalismo esa no era el Comunismo.
También que la democracia de tipo occidental, usualmente denostada
como formal o burguesa, es, al menos por el momento, la única base de
partida para una organización política popular, aún a riesgo de quedarse en
ocasiones a mitad de camino o ser cooptada por clases dominantes. En todo
caso, aparece como la forma política capaz de procesar sus contradicciones
sin autodestruirse. En cambio, los sistemas políticos de democracia unitaria,
no fueron capaces de sostener su legitimidad, y su representatividad se
tornó más que dudosa. Esto resultó válido no sólo para el Comunismo sino
también para otras formas de partido único. En el caso de China, existe una
cuasi legitimidad en razón de que la muy positiva evolución económica de
los últimos tres decenios, permite un segundo momento de adhesión, luego
del que suele concederse a una revolución triunfante en un principio. Pero
incluso en ese caso la democracia unitaria no es estable, es decir no es capaz
de autorreproducirse sin la defensa que le brinda la fuerza militar de la
dictadura revolucionaria. Amén de que el franco reconocimiento del rol del
mercado y la propiedad privada, ya nos muestra un modo de producción de
economía mixta, diferente del estatalismo de planificación absoluta.
La evolución histórica de la confrontación Este-Oeste excede el objetivo
de este trabajo. Alcanzará con reseñar hechos que hasta el momento se

   

       


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consideran evidentes y señalar los interrogantes que por el momento no
fueron esclarecidos.
La Unión Soviética arranca su proceso de construcción en 1917 en el
marco de una participación desgastante en la Primera Guerra Mundial, a la
que sigue una guerra civil con intervención de las potencias occidentales,
de la que sale vencedora y expansiva luego de haber visto reducido su
territorio a una mínima expresión. Sufre asimismo las consecuencias de
políticas económicas poco realistas que su líder, Lenin, logra superar con la
Nueva Política Económica (NEP). Sin embargo, sea por ideología, por
tradición rusa, por el bloqueo occidental, o por todas esas causas
concatenadas, lo cierto es que el triunfo bolchevique es, a poco de andar, el
establecimiento de un monopolio político que supone previamente el
exterminio de las demás fuerzas de izquierda y como consecuencia una
muy dudosa democracia a lo interno de los soviets o consejos de trabajadores.
De ahí en más se produce un crecimiento cuyas verdaderas cualidades
son difíciles de evaluar, como consecuencia del oscurecimiento informativo
del estalinismo, pero que por deducción nos obligan a considerar que tuvo
rasgos altamente positivos, sin inducir en esto juicio sobre la calidad de
vida, pero sí que al arribar a la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética
emerge como una potencia sobre las bases de lo que fuera antes una nación,
la vieja Rusia, caracterizada por la dominancia casi exclusiva del Feudalismo
y con una industrialización sólo incipiente para principio del siglo. En el
ínterin, millones de seres humanos habrían muerto por hambrunas o exterminio,
fruto tanto de las guerras como el ideologismo fanático, que con
facilidad identificaba las dificultades con el enemigo de clase. De ahí que,
algunas afirmaciones según las cuales la industrialización se logró gracias a
la colectivización del campo, deban ser tomadas con pinzas, porque bien
pudiera ser que las políticas agrarias bolcheviques hayan retrasado el desarrollo
soviético. Dichas políticas agrarias se reducen a convertir al campesinado
en asalariado, lo que permitirá, por vía de los precios, un método cuya
eficacia será difícil de determinar, transferir excedentes hacia la industrialización.
Las eliminaciones generalizadas de gran parte de los cuadros del
propio partido bolchevique, en una búsqueda delirante de los saboteadores
de la revolución, es síntoma de la frustración existente hacia 1937.
Así las cosas y pese a todo, cuando se produce la invasión hitleriana, que
como es sabido genera una devastación generalizada hasta las puertas mismas
de las grandes ciudades soviéticas y que se salda con la muerte de
treinta millones de ciudadanos tanto civiles como militares, la autárquica
industria logra mantener el esfuerzo bélico y sustentar el contraataque y
expansión, lo que convierte a la nación en la verdadera ganadora de la contienda.
Estados Unidos mientras tanto, constituía una pujante economía en
expansión que atrae desde mediados del siglo XIX una masiva corriente


       



migratoria. Habiendo superado a medias la Gran Crisis económica del
29-32, el esfuerzo de la 2ª guerra mundial le permite aplicar de lleno las
políticas keynesianas que la convierten en la 1ª potencia mundial.
Con todo, y pese a las dudas sobre la información soviética, los expertos
coinciden por los años 50 que el crecimiento del bloque socialista era más
rápido que el de Occidente.
El primer satélite artificial, el primer hombre en el espacio, el poder
nuclear, no hacían más que avalar esta creencia. Y en consecuencia, una ola
de movimientos políticos más o menos pro soviéticos, derivan en el fin del
Colonialismo y la consecuente independencia de numerosos países de lo
que de ahí en más habría de llamarse Tercer Mundo. El Bloque Soviético
parecía destinado a proporcionar al mundo subdesarrollado las técnicas
que Occidente le retaceaba. Las guerras de Corea y Vietnam parecen marcar
el pulso menos frío de la contienda, y el empate primero y la victoria
después, parecen dar la ventaja al mundo socialista. China, mientras tanto
desafía internamente al bloque socialista el modelo soviético, mostrando
con la Revolución Cultural, la posibilidad de una revolución más profunda,
donde un hombre culturalmente nuevo habría de superar, presuntamente,
la división entre el trabajador intelectual y el manual.
Sin embargo, sabemos ahora, apenas comenzados los años 60, se produce
en la Unión Soviética un fenómeno de estancamiento cuyos alcances
fueron ocultados durante décadas. El país deja de autoabastecerse de alimentos,
y la industria, antes dinámica, comienza a mostrar síntomas de
deterioro secular. El mismo país que es potencia nuclear y del espacio, y por
tanto necesariamente potencia científico-técnica, presenta un perfil industrial
y de servicios caracterizado por la escasa productividad y baja calidad
de producto final. Las reformas liberalizantes no dan resultado y para el
momento en que Gorbachov es nominado Jefe de Estado, la insatisfacción
popular, el desaliento y la corrupción, adquieren magnitudes sistémicas. El
freno del desarrollo económico quita rápidamente legitimidad a un régimen
basado en el Derecho de la Revolución, el que, como sabemos, se pierde
cuando no se avanza. Las presuntas o reales ventajas del mando centralizado,
la superior coordinación de la planificación frente al mercado, que
quizás habían operado durante una primera etapa de “industria pesada” o
más bien de producción a gran escala de commodities industriales, deja de
ser eficaz y eficiente a la hora de considerar los productos finales. Queda
como saldo, empero, una inmensa base energética, una industria militar y
espacial de segundo mejor, un conocimiento nuclear avanzado y una industrialización
general atrasada pero vasta.
El desenlace es conocido aun cuando el proceso que lo desencadenó
espera el trabajo de los historiadores. La Reestructuración (Perestroika)
abre en su momento una gigantesca Caja de Pandora que deriva, con
Yeltsin, en la disolución desenfrenada del viejo sistema, lo que producirá
       



una enorme caída de la ya debilitada producción, de la que el país aun se
repone, y lo hace en primera instancia gracias al petróleo más que al avance
tecnológico. Muchas son las descripciones que pretenden dar cuenta de las
causas de este fenómeno. Nos permitiremos citar una que es con frecuencia
no considerada. En un sistema de partido único, todos parecen ser adherentes
al sistema, por cuanto esto resulta condición para acceder al funcionariado
y al Partido. En tales condiciones, la captura de los altos cargos no
depende de la pertenencia ideológica al proyecto socialista, dado que esto
se supone dado. En realidad el sistema puede caer por la oposición antisistema,
pero con igual probabilidad puede ser entregado en parte y capturado
en parte por los arribistas. Yeltsin encarnó la última variante. Luego Putin
demostró que fácil es traicionar a su vez al traidor original.
El fin de la experiencia soviética lleva a preguntarse sobre si el sistema
era realmente socialista en el sentido de no capitalista. Autores que no pueden
ser acusados de reaccionarios han caracterizado a la URSS y sus satélites
como Capitalismo de Estado. Nada convendría más a la tesis que sostenemos
a lo largo de este trabajo, que suscribir esa adjetivación. Sin embargo
no seríamos del todo honestos. La Unión Soviética, que dicho sea de paso
ya no era una república de los soviets, fue capitalista en el sentido que generalizó
la relación salarial y desapropió a la mayoría de la población de sus
medios de producción. Esta enorme distorsión que al final del proceso
habría de conducir a su disolución, no merece sin embargo ser caracterizada
como capitalista. No existió en la Unión Soviética una apropiación privada
por derecho del excedente económico, en el sentido que existe en el
capitalismo. Si esto ocurrió fue recién en su disolución, cuando los ahora
llamados oligarcas se apropiaron de partes del aparato estatal, ya en la
forma del capitalismo clásico. Antes de llegar a este punto, se dio una forma
de gestión de los medios de producción que derivó en la creación de una
clase burocrática con fines propios, más semejante a las clases medias
gerenciales y oficinescas del capitalismo, que con mucha habilidad saben
realzar la presunta importancia de sus roles improductivos. Pero la propiedad
de los medios de producción era en la Unión Soviética universal y hasta
el último momento fue posible devolverla a sus poseedores legítimos, es
decir los trabajadores. Puede que la diferencia le resulte sutil a algunos pero
no a nosotros. La transición al Poscapitalismo estaba al alcance de la mano,
es decir era materialmente posible gracias, valga la redundancia, a la base
material creada con tanto sacrificio por la Revolución.
China, mientras tanto, que había calificado de traidores revisionistas a
los soviéticos, se embarca calladamente desde la muerte de Mao, en una
apertura al mercado que supera ampliamente las liberalizaciones antes criticadas
en otros, pero conserva férreamente el poder del partido único y, se
presume, el poder de éste para planificar y controlar las políticas públicas
esenciales. El porqué de esta relativa solidez del Partido Comunista de
China, frente a la disolución abrupta del soviético, es tema para un debate  

       



abierto.
Políticamente, el fin de la experiencia socialista es visualizado y expresado
como el triunfo del Capitalismo sobre el Socialismo, y esto con tal fruición,
que es recibido por algunos como con “el Fin de la Historia”.
Por cierto, poco tiempo hizo falta para que otros acontecimientos hicieran
ver que este sueño tenía algo de infantil. En realidad, la Unión Soviética
había desmontado su sistema político y económico, pero no había muchas
otras novedades. El Capitalismo presentaba una razonable cohesión social
en sus centros desarrollados, pero las periferias, ya sin la tutela soviética,
comenzaron a ingresar en destinos muy dispares pero en casi todos los
casos poco auspiciosos, con la excepción de los llamados “tigres asiáticos”.
La cohesión capitalista, que era en parte resultado de la necesidad de prevenir
el contagio revolucionario y en parte del descubrimiento de las políticas
keynesianas, pareció mantenerse en un principio. Sin embargo, veinte años
más tarde comenzaría a comprenderse que no era tan así. Las políticas
monetaristas y neoliberales del Consenso de Washington, iniciadas en los
80 y que al principio afectaron sólo a los países subdesarrollados de la periferia
capitalista, dieron lugar hacia 2008 al inicio de un proceso de desarticulación
parcial del Estado de Bienestar. Paradójicamente, los gobiernos
autoritarios occidentales que sostenían su legitimidad en la confrontación
con el Comunismo, perdieron esa excusa y fueron en muchos casos reemplazados
por nuevas democracias, ahora al parecer permanentes. Este proceso
abrió paso en ocasiones, y en particular en Latinoamérica, a gobiernos
de izquierda, donde ex guerrilleros en algunos casos, llegaron al poder no
gracias a la Revolución mundial sino a su derrota. Por cierto sus gobiernos
renunciaron de entrada a cualquier revolución que cuestionase la esencia
del capitalismo, y sólo se embarcaron en políticas que en otro tiempo sus
mismos protagonistas hubiesen calificado despectivamente como reformistas.
Tenían el poder, pero ya no hablaban del programa. El liberalismo
autoritario era derrotado en lo político, en el momento mismo en que los
valores básicos del Liberalismo se mostraban como universales. Los represores
militares más violentos podrían decir que, pese a su derrota “estratégica”
civil, las libertades nuevas eran resultado de su anterior triunfo militar.
Sin embargo, el hecho de que fueran echados al basurero de la Historia,
les debería decir algo sobre las causas de su derrota estratégica. Entre
Libertad y Justicia habían optado por el libertinaje económico, muy apresuradamente.
Donde no fue del todo así, como en Brasil, fueron tratados con
algún respeto.
África, mientras tanto, se mostraba en guerra permanente, hambruna y
estados fallidos; el mundo árabe musulmán arrastrado a la irracionalidad
cultural creciente y el atraso económico; América Latina golpeada inicialmente
por la irresponsable ingeniería social del Consenso de Washington,
y recuperada luego en alguna medida por el abandono forzado de dicho

   

       



paradigma y por la tracción inesperada del crecimiento chino, siguió no
obstante manteniendo su situación de perenne desarrollo inconcluso.
Excepción a lo anterior, Asia, con China a la cabeza, inicia reformas de
mercado en un marco de planificación de infraestructuras e inversión que,
a diferencia de las intentadas en la Unión Soviética, dan resultados por el
momento espectacularmente positivos y consolidan al menos por un tiempo
su sistema de partido único en el país más poblado del mundo.
Superando a los tigres asiáticos que inicialmente aprovecharon su mano de
obra abundante, se trata ahora de un proceso de crecimiento que parece
conducir al desarrollo, y que se despliega esta vez sobre enormes poblaciones.
No sólo eso, sino que devenida la crisis financiera mundial del 2008, la
más importante desde la del 29-32, este fenómeno asiático del involucramiento
de grandes poblaciones en el Desarrollo, termina siendo funcional
al salvataje de la Economía Mundo capitalista.


       




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